“No puedo respirar”

Nuestros pulmones enferman.

Están dejando de funcionar. El Covid-19 atraviesa sus paredes e invade así su vida allí. Este virus instala su vida en ellos. Y lucha por vivir.
Se produce así una batalla entre la lucha por la vida entre dos partes. Pero inevitablemente, como en toda guerra, la vida de uno conlleva la muerte del otro.
¿Y si este virus nos está gritando “algo” porque es la única forma que tiene de que escuchemos?
Algo que tiene que ver con cómo nos relacionamos…con cómo nos vinculamos…con cómo amamos….Ante qué nos resistimos…
¿Y si está poniendo en enfermedad -ya que este virus no puede poner palabras- nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el mundo?

Mi colega y querida amiga Dra.Rodríguez, clínica de corriente psicoanalítica, me mandaba un mensaje para que escribiera sobre esto: nuestra visión compartida sobre esa falta de aire que tantas veces sentimos.

Pasamos nueve meses cobijados por nuestra mamá. Nueve meses en los que nuestra vida depende de la suya. Nueve meses encerrados creciendo en un vientre del que no queremos salir.
“Respiramos”….porque ella respira.
No es hasta el momento de nuestro nacimiento donde verdaderamente hacemos nuestra primera respiración.
Es en esa salida al mundo cuando nuestros pulmones toman aire por primera vez. No debe ser fácil para el bebé. Seguramente es ese corte del cordón umbilical el que le produce esa primera sensación de
“me falta el aire”. Y es en esa primera inspiración cuando sus pulmones deciden empezar a caminar.

Hasta que ese bebé puede poner palabras, serán sus órganos de contacto los que hablarán por él. En algunos casos, dando señales o síntomas.
Esos órganos de contacto con el mundo que le rodea, con las personas que deben sostenerlo, son la piel y los pulmones.
Nuestros pulmones son de mayor extensión interna que la piel. Respiramos cada día unas 20.000 veces. Son nuestro vehículo entre el “adentro y el afuera”; entre yo y el mundo; entre yo y el otro; entre yo y los otros. Son, ahora que ya no somos bebés, el cordón umbilical que nos une al mundo.
A la vida.

Si nos impiden respirar, nos impiden vivir.

“No puedo respirar”….”Me falta el aire” son las expresiones más escuchadas en una persona que padece ansiedad. Me falta el aire viene a decir: me falta libertad.
Si me falta libertad, quizá me sienta cohibido, quizá inhibido, quizá reprimido…. quizá. El miedo me paraliza y si no encuentro defensa psíquica, habrá un desbordamiento en forma de síntomas que hablen por mi.

Torwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke señalan: “Cuando a uno le cuesta respirar, ello suele ser señal de que teme dar por sí mismo los primeros pasos con libertad e independencia.  La libertad le corta la respiración, es algo insólito que le produce temor”.

Una libertad de expresión, de movimiento, de vinculación, de deseo, de ser y poder ser lo que soy y no lo que intento mostrar que soy.
“Me ahogo”: es el corte con el “afuera”. Es la asfixia. Con uno mismo y con el mundo.

Inspirar es tomar aire, incorporar del afuera, meter algo del exterior en nuestro interior: crear un vínculo.
Cuando nuestros pulmones fallan, es un respirador el encargado de mantener ese vínculo con el exterior. Es un proceso activo.
Espirar en cambio es un proceso pasivo, es calma, es soltar, expandir….Es fin y principio a la vez. Es expulsar la toxicidad para poder llenar de luz.
Y este vaivén del aire, este proceso de movimiento del aire entre el Interior y el exterior, es la respiración.
Es el transporte de oxígeno desde la atmósfera hasta los alvéolos pulmonares y la eliminación de dióxido de carbono desde los alvéolos al exterior.

Nuestro planeta también se asfixia con nosotros, porque respira el mismo aire. Quizá nosotros seamos el covid-19 de nuestra tierra, y establecemos también esa batalla por la vida. Invadir para vivir. Tal como hace este virus con nosotros.
Me pregunto si seremos capaces de reflexionar lo que se nos está mostrando a través de la enfermedad.

“La respiración impide que el ser humano se cierre del todo, se aísle, que haga impenetrable la frontera de su yo. Por muy deseoso que el ser humano esté de encapsularse en su ego, la respiración le obliga a mantener la unión con lo ajeno al yo”.
Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke.

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